"Obra Gruesa" de Nicanor Parra
A Nicanor lo recuerdo en la Alameda de las Delicias, en 1938, cuando parecía avanzar sobre la ola de un romance. Ya se notaba en su frente que esa plaza sería de unos alegres toros que le faltarían el respeto banderillas, espadas y toreros. Allí lidian los toros-poemas y los toros-anti-poemas, ensangrentando los ojos del tranquilo pesador de lágrimas de palomas. Nicanor resulta el destripador de los que cuentan sus hojas de oliva: sus poesías andan libres, gozosas, deliciosas en su diafanidad, vigorosas en su humor, acercando al hombre y al poeta, obligándolos a traspasarse latidos y confundirse con el airón de la gracia: Parra piensa "que la poesía es un trabajo". Que el poeta no posee ningún par de alas ocultas en la espalda, ni un rostro cada 2 4 horas, porque no es sino esto, simple y maravilloso: un hombre en medio del mundo para ayudar a los hombres al descubrimiento de aquella "muchacha rodeada de espinas", la poesía. En este trabajo se ha de precipitar sin guantes de hospital clínico, decidido a golpear la cabeza del clavo maestro, sin equivocar el golpe.
Desnudó a la poesía, sufrió por "superar la página en blanco", pista del más peligroso de los esquíes, los que desnucan hasta a nuestro fantasma y fue quitándole a la Srta. Poesía los trapitos al sol …
Del brazo de la poesía en cueros, sin afeites, collares ni mariposas, avanza por las calles, se sienta encima de la nariz de la ley, pide lunas prestadas a los niños, conversa con los bebedores y con sus vasos, se titula gnomo de las fuentes de soda y le pasa tigre por guitarra a los que insisten en pedir la jubilación del soneto.
De repente, en el fondo chacolí de sus versos, giran los viejos runrunes, bailan doncellas y jubilados, salta un muchachito del charco de agua al charco del sol. Parra, podador de muchas zarandajas que maniatan a la palabra humana, se alboroza cuando se penetra a la casa de su poesía por la puerta y no por los tejados diciéndole: ¡Hola, Nicanor!
Andrés Sabella
Andrés Sabella